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La ceniceros

5 diciembre, 2008

Érase una vez una joven y bella señora de la limpieza cuyas hermanastras le tenían mucha envidia. A pesar de que la joven era diplomada, las hermanastras sólo le permitían trabajar de limpiadora en su OTT (Oficina de Trabajo Temporal) donde ellas tenían sendos puestos. Además, como las hermanastras eran las únicas trabajando allí, se saltaban a la torera la ley anti-tabaco y siempre tenían los ceniceros llenos de colillas. Como su bella hermanastra se pasaba el día limpiándolos, acabaron por apodarla “la ceniceros”.

Un día, el presidente de la asociación de todas las OTT dio el anuncio de que iba a celebrar una gran cena de empresa para todos los empleados de la asociación. Y aprovechando tan magna ocasión, aprovecharía para elegir al empleado o empleada del año. La persona elegida tendría el privilegio de ascender de puesto, con el consecuente aumento de sueldo.

Las hermanastras se prepararon muy bien para la ocasión: se vistieron de ejecutivas agresivas para llamar la atención del presidente. Pero prohibieron a “la ceniceros” siquiera asomar la cabeza por allí. En vez de eso, le mandaron que preparara el potaje de garbanzos para el día siguiente.

Aquella noche, mientras “la ceniceros” preparaba tristemente el potaje, sonó el timbre de la puerta. Cuando abrió, se encontró con su querida madrina, una famosísima diseñadora de ropa. La mujer le había confeccionado un hermoso vestido de diseño exclusivo, el cual traía junto con unos Manolos con tacones de vértigo. Por ende, la madrina le había alquilado a su ahijada una limusina blanca con servicio de bar y DVD incluidos.

Cuando “la ceniceros” llegó al restaurante donde se celebraba la cena, todos se quedaron estupefactos al verla. Nadie sabía quién era, ni siquiera sus hermanastras la reconocieron. Sólo una multimillonaria o una actriz podría permitirse unos Manolos y un vestido exclusivo de Hada Romero del Prado. Como la cena ya había comenzado y “la ceniceros” no veía ningún asiento disponible, el presidente le invitó a sentarse a su lado. Ambos pronto comenzaron una larga conversación y el tiempo pasó tan rápido que el reloj marcó las doce.

“La ceniceros” se acordó horrorizada que tenía aún los garbanzos en el fuego, por lo que se levantó y echó a correr. Mientras corría hacía la limusina, se le rompió el tacón de uno de los zapatos, por lo que tuvo que subirse al coche con un tacón de menos. El presidente, que la había seguido, recogió el tacón y llamó a su chofer para seguir a la dama coja. El hombre se sorprendió al ver que “la ceniceros” subía a un humilde piso de barrio, así que también subió y llamó a la puerta. La joven se quedó tan pillada al ver allí al presidente que le contó toda la verdad sobre su oficio.

Como los garbanzos se habían quemado, “la ceniceros” preparó una tortilla de patatas para su invitado. Al presidente le gustó tanto la tortilla y quedó tan impresionado de lo limpia que estaba la casa que decidió nombrar a “la ceniceros” empleada del año. La ascendió a gobernanta de su chalet en Marsella, con alojamiento incluido, salario superior al convenio, cuatro pagas extras anuales y treinta días laborales de vacaciones.

En cambio, las hermanastras no tuvieron tanta suerte. En cuanto averiguaron que el presidente estaba al corriente de sus continuas infracciones, les dio tanto miedo que pidieron la baja voluntaria y sin derecho a paro.

Y colorín, colorado, este cuento acabó en contrato…

2 comentarios leave one →
  1. newowen permalink
    12 diciembre, 2008 12:00

    Jeje este nunca se me habria ocurrido como Des-contarlo, y tu lo has clavado! ha sido genial.
    me he reido mogollon

  2. 13 diciembre, 2008 19:46

    Es lo que tiene trabajar en la oficina del paro…😄

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